sábado, 22 de enero de 2011



Díganme, cómo puede un loco, olvidar el sonido de su voz. Y no solo de su voz, también cada pequeño ruido de su cuerpo. La fricción de la suela de sus zapatillas cuando arrastra los pies al llegar a casa, o el ligero ronroneo cuando está a punto de dormir. Sus pestañeos, capaces de crear un huracán al otro lado del mundo. Verla es apasionante, pero, ¿Qué me dicen de oírla? escuchar la ultima carcajada de una noche, y a la mañana siguiente, medio camuflada por un suspiro… la primera sonrisa del día. ¿Como podrían mis oídos nutrir la inspiración si no está ella? No concibo un mundo sin el sonido de sus bostezos, o de sus pasos, o de sus llaves justo antes de abrir la puerta de casa y comerme a besos. Y estoy segura, de que si no me creen, es porque no han escuchado todos los matices de su respiración.

Así que si quieren, disparen ácido a mis ojos, córtenme la lengua y tapen mi nariz. Desoyen todo mi cuerpo, si así lo desean… pero déjenme escuchar cada día, un “te quiero” de su voz.

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